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666
(Continuación del Capítulo XXXIII) Mi romanticismo revolucionario “quijotesco” 2 (4)
(“Proyecto 666” de Michel Smiely “666”)
(El 666 es un hombre que ha conocido el amor y que sabe también, amar verdaderamente...)
-Tomado del libro “La Tragédia de una Revolución Inconclusa” (Tomo I)-,
de Michel Smiely 666. (Presentado como Composición y Ensayo Político en la Universidad de Estocolmo, Suécia, en 1976, -edicion especial revisada de 1979-).
Escribirlo sin que sea necesario que nadie sea generoso conmigo, por saber que a un hombre cuando procede bien, le basta solo su conducta y conocer que ella, traspasa las paredes. Escribirlo bajo el cultivo de un ideal preciso y noble llevado con orgullo y sin dobleces a través de los años, señalando a otros el camino... Escribirlo sabiendo que seré maldecido y calumniado, pero también CREIDO Y SEGUIDO...
Y al sumirme en mi romanticismo “quijotesco” y vencer las barreras de tiempo, lugar y espacio, destruyendo conjugaciones de verbos y reglas gramaticales, recordaba entonces...
Cuándo la tenía a mi lado. Cuando me miraba en sus ojos y su voz era una melodía. Cuando me sentía inmortal al merecer su atencion, y el ideal de su amor me hacia renunciar, a reinados e imperios...
Aquel recuerdo de Soyhtip, (de la tailandesa Soythip Teja Isavartham), me guiaba por calles misteriosas en un Bangkok facisnante y extraño que, en aquella indescriptible búsqueda de la mujer amada, (en 1976 estuve en Tailandia librando “la Batalla del Amor”...), parecía engullir una parte de mi aliento, una parte de mi vida...
En la curiosidad de un transeunte,
en la sonrisa de un vendedor ambulante,
en los coqueteos de una prostituta sin culpa...
En los deseos de un simple hombre del pueblo
de que encontrara una felicidad que,
aun sin conocerme,
en su opinión yo merecia...
Hinchando todo aquello mis venas, mi sangre, mi cuerpo; de aquel país pobre que irradiaba en su pueblo harapiento, una felicidad ajena a las sociedades de consumo... País que en la búsqueda de mi felicidad parecía ser también el mio. Sus esperanzas y seguridad de encontrar un día la felicidad, la paz y el progreso; la mía...
Y detrás de cada rostro de piel mongólica y de ojos achinados... Detrás de cada cuerpo frágil rebosante de vida y de legendaria belleza..., los latidos de mi corazón aumentaban más su ritmo al creer encontrar yo a Soythip...
Y aquellas mujeres sin nombres parecían espejismos que encerraban mundos extraños... Mundos llenos de pagodas misteriosas que, ocultaban historias de amor felices y trágicas, y en las que yo también me veia haciendo coro a mujeres y hombres que, parecían rezar y pedir a Dios, la oportunidad de poder ser felices, o de ser sencillamente amados...
Y en cada rosa de jardines exóticos, detrás de la majestuosidad de indescriptibles templos tailandeses, me parecía encontrar a Soyhtip...
Y me sudaba el cuerpo. Me temblaban las piernas. Me sentía sin fuerzas. Al comprender que siendo yo un hombre sin amos, sin vacilaciones y sin dioses, no podía evitar el temor que me producía no llegar a encontrar a Soythip... En aquel Bangkok, facisnante y extraño que parecía engullirme en sus avenidas, callejuelas y plazas; arrastrarme en los indescriptibles torbellinos de sus rios y pagodas milenarios y profundos...
Y al examinar mi vida, al analizar mi existencia..., comprendía que tenía presente y pasado pero que desconocía el futuro... Y me detenía entonces temeroso con mi máquina del tiempo, en aquellos días, semanas y “meses” que pasé en Inglaterra, -en la ciudad de Exeter-, junto a Soyhtip. En los que su sola presencia despejaba de mi vida, tempestades y tinieblas. Y iluminaba mi vida y me proporcionaba una felicidad y una paz nunca antes conocida. Y yo sin saber su idioma y sin hablar inglés... (había viajado a Inglaterra en 1975 a aprenderlo), sin poder incluso explicarle a Soythip mi amor inconmensurable...
Se lo demostraba en una sonrisa,
se lo decía en una mirada,
en la instintiva búsqueda
de su compañía y presencia...
Y lo sabía el director de la escuela –que era mi amigo-. Lo sabía la amiga, el espectador y el maestro. Y se burlaban de mi aquellos que no comprendían la grandeza de ese amor. De un amor que a pesar de saber que era imposible, se aferraba a la vida, honestamente, valientemente, sin hacer daño a nadie...
Perpetúandose en las estrellas
que Soyhtip miraba,
en las flores que al tocar
hacía mil veces mas bella,
en las viejas pizarras y pupitres gastados
de aquella escuela inglesa...
Y me veía en Inglaterra. Me veía en Tailandia. Me veía en Suécia, corriendo al correo a poner cartas a Soythip...
Cartas que nunca llegaron,
que fueron devueltas,
que desparecieron incluso
en manos sin nombres,
o en el descuido de carteros mal pagados
en países lejanos...
Y me veía en Estocolmo subiendo al avión. Volar sobre Europa. Llegar a Asia. Sentir el peso del choque de aquel nuevo mundo. De aquel mundo extraño, aquel mundo de Soyhtip. Al que llegaba con el corazón en las manos, con mi amor hacia Soythip...
A enfrentar desconocidos peligros. Aventuras de héroes. Y me sentía ser Ulises. Me sentía ser Homero. Y tomaba la pluma y escribía páginas y más páginas, y cuando se me acababa la tinta escribía con lágrimas, con lágrimas de amor que deseaban regar el jardín de Soythip...
Y pensaba en aquellas rosas desde Suecia enviadas muchas veces a Tailandia -a Soythip- que, a pesar de estar ya marchitadas, habían sidos también delicadas y hermosas, como la rosa que perfumaba mi vida en la existéncia de Soyhip.
Y me liberaba de odios. Y perdonaba a mis enemigos. Y deseaba a todo el mundo paz, felicidad y progreso. Y comprendía que al hacerlo así, me acercaba y merecía más a Soythip. Lo intuía, lo olía, lo vivía...
Y al mirar de nuevo mi vida, me atemorizaba que Soythip pudiera ser víctima de la la lucha que yo propugnaba y creía. Porque Soythip era una burguesa. Una hija de familia rica en un país pobre –como Tailandia-, estremecido también por el furor y la lucha de grandes conmociones sociales. Un ser inocente que jamás ha conocido las penalidades de la incultura, la explotación y el hambre. Una mujer sin ideas políticas –tenía 17 años- que, se preparaba honestamente en Inglaterra estudiando y aprendiendo bien el idioma inglés, para garantizar con ello su futuro y felicidad de mujer en Tailandia, como Secretaria Ejecutiva en cualquier gran empresa internacional en Bangkok.
Y al analizar todo esto comprendía que, ahí residía mi tragédia; amar a una mujer que no comprendía ni tenía ideas de mi lucha revolucionaria, pero que aún así, con su sola presencia, me había dado la felicidad, la paz espiritual y el nivel de conciencia que, nunca pudo proporcionarme mi lucha llena de romantiscismos y heroismos quijotescos, estrellados en realidades y reveses indescriptibles:
En vidas tronchadas. En luchas perdidas cuyas victorias corresponderá ver a nuevas generaciones. En juventud marchita que a los veinte años de edad, me hacía sentir como un hombre de cincuenta, y a los treinta como un anciano de noventa; como un moribundo que confesaba a la muerte, la inutilidad de aquella búsqueda espartana de una perfección inexistente. De una meta, de un ideal noble y causa justa, por la cual luchar, vencer o morir, sin arrepentimientos ni decepciones...
Ahí estaba mi tragédia de mortal, mi tragédia de humano; comprender que el amor era más perfecto, más sublime y más puro que todo aquello por lo que había luchado...
Que me permitía apreciar la belleza de una rosa. El ocaso de un atardecer. Analizar las incógnitas que encierran una noche sin estrellas. Destruir consecuentemente prejuicios de razas, religiones y constumbres. Incomprensiones, necedades y egoísmos. Transformarme en un hombre de carne y hueso. En un ser de sentimientos vivos, con necesidad de amar y ser amado. De creer y ser creido. De respetar y ser respetado...
Ahí residía mi tragédia de mortal, mi tragédia de humano; comprender la grandeza del amor, y dejar de ser con ello, una maquina fría programada para luchar, morir y matar...
Y todo eso se lo debía a un amor prohibido. A mi amor hacia Soythip. Combinado entonces las metas justas y el ideal noble, con el espíritu rebelde y la conducta intachable. Con la conciencia, la moral, la honestidad y el ideal fraguados, con ese amor inconmensurable que Soythip me permitió conocer, y que en odisea novelesca luché por conquistar.
Y fue así como el último día que pasé en Bangkok, dejó de ser un día más en mi vida al encontrar yo a Soythip... Y ella comprendió en aquel encuentro indescriptible, (tenía casi tres años sin saber de mí por cuanto mis cartas de amor nunca les fueron entregadas), lo mucho que yo había luchado por encontrarla en un continente y mundo para mí desconocido, incomprensible y extraño... Lo mucho que había sufrido al amarla... Lo verdadero y honesto que era mi amor hacia ella, al verme temblar y llorar de emoción como un niño ante su inmaculada presencia...
Y se sintió culpable de haber traido a mi vida tantos sufrimientos... De no poder darme la felicidad que en ella había creido encontrar. De no poder corresponder a mi amor que ella sabía era inconmensurable, verdadero y honesto... Eso fue para mi suficiente para comprender y perdonar... Para aceptar con conciencia el peso de una derrota indescriptible.
Y la vida en Bangkok pareció para mi aquel día detenerse. Los pájaros enmudecer en los parques y las flores perder su aroma... Y yo comprendía en mi mar de lágrimas que había encontrado algo que nunca habia realmente tenido; aquel amor imposible que a pesar de ser imposible, era para mi real por llevarlo en la sangre, por sentirlo en mi cuerpo.
En un cuerpo desgarrado y cansado que deseaba solo desaparecer y caer, en una tumba sin nombre de aquel nuevo mundo, aquel mundo desconocido, incomprensible y extraño, aquel mundo de Soythip... En el que me sentía vivir entre los escombros de palacios calcinados y paisajes lunares. Era cómo “si la Luna, se volviera roja como la sangre y los cielos se cerráran, como un rollo de pergamino”... (para sintetizarlo en esta patética descripción existente en los Manuscritos del Mar Muerto).