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!El 666 revela algunos aspectos sobre la vida del
del Coronel Caamaño en Europa!
666
(Continuación de): LA ETAPA DE LUCHA REVOLUCIONARIA MARXISTA DE EL 666, AL LADO DEL CORONEL FRANCISCO ALBERTO CAAMAÑO DEÑO, EN 1965-1973.
(“Proyecto 666” de Michel Smiely “666”)
El Coronel Caamaño como Presidente Constitucional dominicano en 1965, en Santo Domingo República Dominicana.
(Continuación de): LA ETAPA DE LUCHA REVOLUCIONARIA MARXISTA DE EL 666, AL LADO DEL CORONEL FRANCISCO ALBERTO CAAMAÑO DEÑO, EN 1965-1973.
(Final del Capítulo 26). MIS RECUERDOS LONDINENSES DE 1967, AL LADO DEL CORONEL CAAMAÑO.
(Tomado del libro; "La Tragédia de una Revolución Inconclusa" de Michel Smiely "666" ):
En el descanso decidimos tomarnos unas fotografías. Enfrentaba una situación difícil, porque muchos se apresuraban a colocarses al lado del Coronel Caamaño. Si yo hacía lo mismo, podía dar demostraciones de pedantería. Caamaño, que sabía ya por su genuina intuición lo mucho que significaba para mí en esa situación, una fotografía a su lado, estudiaba hasta el menor de mis gestos y yo era consciente de ello.
Yo enfrentaba sin esperarlo una desagradable situación, dónde la inteligencia, la intuición y el carácter personal desempeñan un gran papel. Así, cuándo con torpes movimientos me alejé discretamente de él, el Coronel Caamaño demostró comprender mi situación, al decirme sorpresivamente con la franqueza que le caracterizaba; “!Acérquese primo!”..., y me puso el brazo en la espalda, obteniendo yo sin desearlo mi primera gran fotografía de esos históricos días en Londres, y que quizás un día con un poco de suerte logre recuperar...
Después del regreso al apartamento, Caamaño se bañó, se puso un traje y me invitó con otros compañeros, a visitar un pequeño bar dónde él era conocido, por ser la dueña amiga de todos. Nuestra presencia no pasó desapercivida para la clientela ocasional y “asidua”. Caamaño era el único que estaba tomando bajo los acordes de la música pop. El no era ya el parrandero de sus años de Coronel sin Pueblo, pero se tomaba de vez en cuando sus copas. Encomiándonos la alegría del ambiente, a beber varios vasos de cervezas, de coca-cola o de whisky.
Le pedí discretamente s un compañero que no tomara, para que ayudara a evitar en caso de necesidad, “situaciones embarazosas”, pero este compañero, una verdadera “fiera” siempre alerta para defender a Caamaño, estaba ya en lo suyo... El Coronel Caamaño estaba pues seguro con Nosotros y lo sabía.
Una “amiga”, a quién Caamaño le gustó mucho, llegó al bar y se sentó a su lado. Pero Caamaño estaba observando a otra mujer que le quedaba enfrente. Una mujer acompañada de un hombre y que no obstante, se estaba “comiendo” a Caamaño, con unos geestos y unas miradas que superaban a los de la Brigitte Bardot. La otra mujer en compañía de Caamaño celosa, empezaba a acariciar a Caamaño, mientras las miradas del hombre en cuestión se cruzaban con las de Caamaño, que correspondía con el mismo descaro, a su fiel anglosajona,-porque así de “liberadas” son las europeas-, diciéndome entonces Caamaño:
“Te das cuenta primo, lo putas que son estas mujeres y lo pendejo que son estos hombres!, ¡el maricón ese solo me mira y no le da un par de coñazos, a la cabrona de su compañera!... ¡No sé lo que mira, peros si lo desea, puedo romperle la cara!”... –La franqueza de Caamaño no tenía límites y al decirme todo esto parecía recordar, sus famosas parrandas en Santo Domingo-.
Contagiado por el ambiente le señalé con firmeza; “!Ese es un pendejo, dále un “lenguetazo de prostíbulo” en “Semana Santa”, a la mujer que tienes a tu lado, para que la otra se de cuenta de todo lo que se está perdiendo!”..., quedando en el ambiente una atmósfera de tensión y jaleo que, Caamaño disipó dándome un fuerte apretón de manos y afirmando; “Tienes razón!”...
Las noche fue agradable. Nos quedamos en el local casi dos horas y Caamaño decidió dar otra caminata. Recorrimos varias manzanas, pero Caamaño sintió un fuerte dolor en la espalda que nos obligó a regresar a la casa, -a su apartamento en Londres-. Caamaño sencillamente se había excedido, en la cantidad de piedras que le metió a la mochila que durante la marcha, llevó a la espalda, presentándosele cómo consecuencia, los dolores. Concluyendo así una jornada en la que yo estaba seguro de haber resuelto exitósamente, los problemas y “pruebas” que se me presentaron.
En situaciones como éstas, (en las que se prueban la intimidad y confianza entre los hombres), y en otras de complicadas naturaleza, -relacionadas con los problemas de nuestra lucha, y con todo ese gran pasado histórico que también nos unía-, logré obtener el respeto y el aprecio de un hombre tan exigente como el Coronel Caamaño, uniéndonos no solamente las cualidades y los ideales revolucionarios sino también, los pecados y los vicios que acarrean la vida...
Fué así como dejó de existir entre el Coronel Caamaño y yo, las barreras que imponen los protocolos baratos, forjándose la intimidad y camaradería que reinaba en su equipo personal de lucha y hombres de confianza, en aquellos históricos días londinenses de finales de verano de 1967, a los que “Chivú” imprimía también con su personalidad y carácter un sello inconfundible.
Esa intimidad y confianza fue tan grande entre NOSOTROS, que bautizamos al
Coronel Caamaño, con un nombre que encerraba una parte de su pasado y del que Camaño no se sentía ofendido; “!EL PAJARRACO!”... Chivú fue quién bautizó a Caamaño cómo “El Pajarraco”, y Caamaño correspondió bautizándonos a todos con el nombre de; “!LOS PAJARITOS!”...
Así, había “el pajarito de Francia”, “el pajarito de Holanda”, “el pajarito de España” y de todos aquellos países y lugares, dónde teníamos distribuidos a nuestros hombres. Caamaño como Coronel era; “El Pajarraco” y sus HOMBRES DE CONFIANZA cómo sus lugartenientes de menor rango eran; “Los Pajaritos”. Siendo esta medida unas de las tantas con las que, el ingualable Chivú, (el Mayor Alejandro Deño Suero, tío del Coronel Caamaño), promovió la simplificación de muchas cosas que facilitaron, -en delicadísimas situaciones-, la seguridad de la comunicación y de los mensajes cifrados establecidos al respecto, en la ORGANIZACIÓN.
(Capítulo 27): MI RESPONSABILIDAD COMO UNO DE LOS
HOMBRES DE CONFIANZA DEL CORONEL CAAMAÑO. ( Nuestra despedida.)
(Tomado del libro; "La Tragédia de una Revolución Inconclusa" de Michel Smiely "666" ):
Un buén día hicimos las maletas y salimos de Inglaterra, a finales de un verano abrasador de 1967. El viaje que fué en automóvil resultó interesante. Cruzamos en barco el Canal de la Mancha, en cuya travesía Caamaño me explicó el manejo de los barcos, dándome también una reprimenda por una indiscreción cometida
en el transcurso de una conversación. Hicimos chistes que amenizaron la travesía y después me fuí a comer con otros compañeros, (Caamaño que no quería romper su dieta, se quedó en la cubierta del barco con el resto de los compañeros), hartándonos como bestias de excelente pollo frito, ensaladas y patatas que sirvieron en el barco inglés.
Era la primera vez que yo y ... montábamos en barco. Caamaño y ... que (también) habían sidos miembros de la Marina de Guerra Dominicana, hicieron apuestas en torno a nosotros los “reclutas”, en el sentido de que antes de finalizar el viaje, estaríamos mareados...
Llegamos a Holanda y nos detuvimos tres días, por efectuar Camaño en La Haya una importante reunión, con otros “pajaritos” que estában allí esperándonos. Después continuamos el viaje a Francia con una escolta más numerosa, (después de la II Guerra Mundial, París se ha transformado en un importante centro de espionaje de la CIA norteamericana, y de los demás servicios de inteligencia(s) “occidentales”).
Al llegar a la capital francesa, nos dirigimos a la Torre Eiffield, para encontrar a los compañeros que habían sidos citados allí para recibirnos. Charlamos un rato y nos gastamos bromas, dirigiéndonos después a un hotel de mediana categoría, dónde Caamaño permaneció de incógnita, (un compañero alquiló una habitación doble y en un descuido de la dirección del hotel, Caamaño se coló en la habitación sin registrarse en el mismo).
Después de haber resuelto el alojamiento de nuestros hombres en la capital francesa, me quedé con otro compañero compartiendo la habitación de Caamaño. Este, envió al tercer compañero a comprar bocadillos y refrescos...
Sólos, los dos, hablamos de todo; de gimnasia, defensa personal, de armas, de mí y de la Revolución, ultimando detalles sobre tareas a realizar. Yo debía permanecer en París y Caamaño aprovechaba la ocasión para darme las últimas instrucciones, sobre la forma en que debía realizar mis actividades revolucionarias, y la conducta que yo debía mantener en París, (aislamiento de los grupos dominicanos caracterizados, por una existencia y conducta indecorosa. Discreción, legalización de mi estadía en Francia inscribiéndome como estudiante en la Universidad, -lo hice en la Facultad de Filosofía de la Sorbona-, etc.), hasta que llegara el momento de trasladarme definitivamente a nuestra Base Revolucionaria.
Cuando el tercer “pajarito” regresó, cenamos. Al acostarnos tomé como siempre una almohada, una frisa y un pequeño colchón que quité a los que tenía unas de las camas, preparando mi lecho en el suelo, tal y como lo había hecho en Londres, por ser el departamento del “pajarraco” demasiado pequeño y estar siempre lleno de compañeros. Demostrando Caamaño ho haber pasado esto desapercivido, al decirle al tercer compañero; “!El primo dormirá esta noche en la cama y tu en el suelo!”...
Una tenue luz de la calle se filtraba por las cortinas de las ventanas, alumbrando la habitación. Caamaño dormía profundamente, rompiendo sus ronquidos el silencio de la noche. Yo meditaba..., ¡Pensaba tantas cosas!..., Además, estaba un poco nervioso. Conociámos la fuerza de la CIA en París y aunque, no nos habían chequeado los pasaportes en la frontera belgo-francesa, (detalle que Caamaño no pasó deapercivido), no podíamos estar seguros de que nadie nos seguía desde La Haya, desde Bruselas o desde la misma capital inglesa. Estabamos conscientes de que nuestro viaje no había pasado desapercivido para “nadie”...
Daba vueltas en la cama sin poder dormir. Por momentos miraba a Caamaño, a la puerta y a la ventana, tranquilizándome el hecho de que en una pequeña mesita de la habitación situada entre las dos camas, habían varias pistolas, un estilete que Caamaño sabía lanzar como el mejor de los argelinos, (ellos le habían enseñado) y que era imposible que la CIA norteamericana y sus lacayos criollos, pudieran asesinar impunemente a Caamaño en Europa, sin tener antes que librar una batalla en la que inevitablemente habría(n) un montón de muertos. En esto residía fundamentalmente nuestra seguridad personal, en una Europa dónde el peso de la Opinión Pública no puede ser impunemente ignorada.
Cuándo intentaba entonces ubicar el cuadro que presentaba la habitación, concluía que parecíamos gángsteres que dormían en un hotel, o cualquier otra “cosa” del bajo mundo, pero nunca lo que verdaderamente éramos; dirigentes revolucionarios y hombres de vanguardia empeñados en liberar a un país oprimido.
Tenía conciencia de esta situación y como tal sentía, el peso de las responsabilidades que implican estar al lado del máximo dirigente de una Revolución. Esto, lejos de enaltecer orgullos banales, presupone un sin número de problemas que le sacan canas a cualquiera.
La alerta tiene que ser constante y hay que observar, hasta el más insignificante movimiento que se produzca a nuestro alrrededor, porque, dónde quiera puede estar el enemigo que puede ser también, el más insignificante transeunte. Hay que revisar cuidadosamente la comida que se compra, y no se debe adquirir nunca dos veces en el mismo lugar.
Y cuando se viaja hay que ser también cauteloso, al escoger el restaurante donde se come, con objeto de que el servicio sea rápido y no se dé tiempo a indagar la personalidad del cliente, etc., etc., etc., y por si fuera poco acompañando a un hombre de tanto carácter y sencillez como el Coronel Caamaño, a quien gustaba correr por cuenta propia, riesgos innecesarios. Tenía pues al estar a su lado, un montón de problemas que exigían, una adecuada capacidad poderlos resolver.
Ahora le miraba con detenimiento, percibiendo ese doble aspecto que existe entre el dirigente y las masas. En el primero; el dirigente aparece ante las masas con toda su aureola, imponiéndose sin ninguna dificultad. En el segundo, (en la vida privada), la personalidad que le caracteriza se reduce al mínimo; se le ve en pijamas, en ropa interior y desnudo, se escuchan sus ronquidos, se conocen sus inclinaciones, gustos, carácter y verdadera personalidad, viéndosele también como lo que realmente es:
Un hombre de carne y hueso, con sus muchos defectos y otras tantas cualidades. Con sus necesidades y comportamiento cotidiano y con todo ese sin número de cosas que caracteriza a la naturaleza humana, llegándose a una familiaridad que impone respeto y admiración, no ya por el rango social o por las metas e ideales políticos compartidos, sino por las cualidades y valores propios que, (ausentes o no), determinan positiva o negativamente, la personalidad humana.
Y aquel Caamaño que yo observava detenidamente; aquel Caamaño que dormía y a quién yo cuidaba el sueño, parecía ser un Dios Olímpico, en quién se habían conjugado un fiel retrato de la naturaleza humana, situándose con sus virtudes e imperfecciones, muy por encima del hombre corriente, muy por encima del hombre masa.
Aquel Caamaño mortal, de carne y hueso, estaba ahí, a mi lado, descansando. Recuperando energías para recorrer nuevas etapas de lucha. Y yo, silencioso, pensativo y humilde, me sentía orgulloso de poner precio a mi vida y jugarme con él, el pellejo, reconociéndole el derecho a ser creído y como tal, a ser seguido hasta las últimas consecuencias, en una situación en que la mayoría de los “líderes políticos”, de los “revolucionarios” y “marxistas-leninistas” dominicanos, renegaban de él ...
Veía como la meta más importante de mi vida, la consagración a intentar proporcionarle a Caamaño, (cómo máximo líder de nuestro pueblo oprimido), máxima seguridad, en el transcurso de nuestra lucha revolucionaria, y sentía entonces un escalosfrío misterioso que me congelaba hasta los huesos, y que se hacía más espantoso al comprender yo que era, el instinto de conservación que me decía, que yo no vería el triunfo de esa lucha, (tampoco la derrota), porque iba a perecer en ella.
Pero ese miedo, propio de hombres que saben lo que hacen y comprenden perfectamente, las consecuencias de sus acciones, desaparecía tranquilamente, al reconocer que mi sacrificio personal no sería inútil, siempre y cuando se produjera en nuestra lucha revolucionaria, cumpliendo el deber de proporcionale a Caamaño maxima seguridad en el campo de batalla, porque, mientras Caamaño estuviera vivo, la Revolución Dominicana sería una posibilidad real a finales de este Siglo XX en nuestro país. (De perecer él, se retrasaría inevitablemente).
Como buen luchador anti-imperialista, había escogido acertadamente mi lugar de combate en el campo de batalla, seguro de que desde ahí golpeaba más fuerte a nuestros enemigos de clase, sintiéndome orgulloso y satisfecho conmigo mismo, por haber tenido como hombre, la conciencia y el valor de escoger, aceptar y comprender, dónde, cómo y cuándo era que me correspondía morir.
Y cuando analizaba que así como yo habían, miles de hombres honestos dispuestos a morir, por la liberación y el progreso de los Pueblos Oprimidos, y para garantizar la felicidad, la justícia y el progreso de la humanidad, lloraba silenciosamente, (porque en el fondo tenía derecho a vivir y como ser humano, deseaba tener la oportunidad de hacerlo; de conocer el amor, de casarme, de fundar familia, etc.), lleno de tristeza y de admiración hacia la naturaleza humana, porque, a pesar de todas sus imperfecciones era capaz de comprender, determinar y aceptar, la necesidad de su sacrificio personal para garantizar a
Pueblos y Naciones, todo aquello que Nosotros aspirábamos y teníamos también derecho, (justícia, paz, igualdad, felicidad, abundancia material y progreso para Todos), pero que, como defensores y vanguardias de la humanidad, teníamos inevitablemente que renunciar, al poner en la lucha revolucionaria el patrimonio más valioso que posee el hombre; ¡La Vida!.
No es pues difícil comprender ese valor y desprecio hacia la muerte que, a todo lo largo y ancho de la História Humana, han caracterizado siempre a los hombres de conciencias, metas e ideales. Nosotros no éramos la excepción, y en el Coronel Caamaño teníamos a nuestro mejor ejemplo.
Caamaño se había ganado en nuestro país, ese derecho a ser creído y como tal seguido, (hasta las últimas consecuencias), con su ejemplo combatiente y con esa indescriptible superación de la que había sido objeto, en unas de las situaciones más difíciles que ha conocido en su historia nuestro pueblo, y que él, como hombre de valor, integridad, conciencia, moral y honor, le correspondió enfrentar.
Aquello fue tan evidente y explícito que NADIE podía quitarle a él, en la República Dominicana, (de 1965-1973), el derecho a dirigir las nuevas batallas que exigen la realidad social de nuestro pueblo oprimido. NADIE que fuera honesto, podía en nuestro país desconocerle ese derecho, porque contrario al egocentrismo y sed de pleitesías que caracterizan a politiqueros y tiranuelos, y mediocres, que creen poder ocultar ante la Historia, la escoria social a que pertenecen, y el miserable y triste papel de criminales, bandoleros y verdugos que desempeñan en Pueblos Oprimidos que más temprano o más tarde conquistarán su liberación; el Coronel Caamaño era un hombre sencillo, de honestidad acrisolada, de valores morales inconmensurables, y de una sinceridad y compañerismo radiantes que, reflejaban unos ojos negros que nada tenían que ocultar.
Fue su vida un espejo público, dónde el pueblo dominicano pudo seguir paso a paso su evolución. Comprobar su pasado de vicios, verguenzas y amarguras, hasta aquellas heroicas jornadas de Abril de 1965, que lavó ante el pueblo dominicano y ante la Historia, las manchas que arrastraba un hombre engañado e inconsciente que, no vaciló en reconocer sus errores y en acatar las responsaibilidades que, en sus hombros bizoños, depositó el proceso social de un país oprimido, en desigual y feroz batalla contra un enemigo superior, desprovisto de cualidades y conciencia humana, y cargado de dólares y crímenes contra los pueblos.
“En una situación de increíble atraso y miséria social, y en Pueblos donde afortunadamente por tradición, (que el yanqui con su cultura del dólar, la coca-cola y el chicle no ha podido comprender ni destruir), los Hombres se valorizan por el sentido del honor; no fue una casualidad que el Coronel Caamaño se transformara en dirigente de un Pueblo Oprimido, porque, si Caamaño se constituyó en Jefe de una Revolución, se debió fundamentalmente a que era ante todo, un hombre de honor, y esto no es díficil de comprender, si se considera que en el honor residen no el machismo y la altanería, sino el carácter y la personalidad.
Caamaño no era ladrón, no era vagabundo, no era corrupto, no era inmoral. No era político, no era hipócrita, no era charlatán. Tampoco era un asesino a sueldo, como inconsecuentemente llegaron a afirmar sus enemigos y detractores. Caamaño era solo un hombre engañado. Un equivocado inconsciente, que tuvo el valor de sacudirse el oprobioso pasado y la conciencia de acatar, las responsabilidades que ello implicaba.
El papel histórico que desempeñó reside, en sus propios méritos. Si antes se había destacado como un feroz enemigo del Pueblo, no es de extrañar que después de un cambio histórico que invirtiera los papeles, se destacara también como dirigente revolucionario. Porque Caamaño fué en su época de Coronel sin Pueblo, unos de esos tantos mortales que deambulan por el mundo, sumidos en los azares del infortunio, las vicisitudes, los pesares y los vicios que imponen, la falta de conciencia, la defensa inútil de una causa ignominiosa y la existencia sin responsabilidades y sin conciencia, hacia las necesidades del prójimo y del conglomerado social a que se pertenece.
Pero era también Caamaño, un hombre de cualidades innatas, (era valiente, era inteligente, era honrado, era noble, honesto, humilde y sincero, con un sentido de la responsabilidad y del honor como pocas veces he conocido), que le permitieron superarse y encontrar el camino de la Historia, experimentando un proceso que fraguó paso a paso, las cualidades que le caracterizaron y le permitieron comprender, el objeto de su existéncia; la importancia de su papel, los derechos y la causa del Pueblo Oprimido al que pertenecía y estaba defendiendo, y la naturaleza del enemigo sanguinario, cobarde, bastardo y cruel que estaba combatiendo.
Una enseñanza tan ruda impregnada en un hombre de naturaleza tan sensible y emotiva como caracterizaba a Caamaño, tenía necesariamente que cristalizar en un parto revolucionario, porque Caamaño era un hombre que podía ser engañado y traicionado, pero jamás ultrajado, menospreciado o humillado. Valiente que supo soportar dignamente, las consecuencias de su lucha y superación revolucionaria. Héroe de aprendizaje díficil y amargo que sintió en carne propia, los sufrimientos que aquejan a todo Pueblo Oprimido, comprendiendo el pedestal de coloniaje que caracteriza a los países del Tercer Mundo; protagonizando un papel superior a la realidad vivida, y:
Aprendiendo a defender y a comprender los derechos de su Pueblo, encontrando en la Revolución el camino de su vida, dejó de ser un Coronel sinverguenza, para transformarse en un Coronel del Pueblo. Coronel con faltas ortográficas y con galones de comandante, (otorgados por un Pueblo Oprimido), a quién una adversidad y TRAICION imperdonable, impidieron cristalizar como dirigente victorioso de las nuevas revoluciones latinoamericanas.
Cuando observaba a principio de aquel Otoño de 1967, a aquel Caamaño de carne y hueso que dormía tan profundamente, y con quién compartía la misma habitación en aquel hotel de París, no podía nunca, al analizar las dificultades y características de nuestra lucha, vislumbrar su (nuestro) fracaso revolucionario, ni mucho menos preveer su muerte.
Cómo podíamos imaginarlo, con una fé inconmensurable en la procedencia, justeza y éxito de nuestra lucha, y con un espíritu desbordado de patriotismo y de ideales de justícia y progreso social, por los que realmente valían la pena morir?...
Cómo podíamos vislumbrarlo, cuando sabíamos que en última instancia, de fracasar nuestros proyectos revolucionarios, conscientes de que en una lucha revolucionaria cuando se es verdadera, o se triunfa o se muere; aceptábamos la muerte cómo el precio justo a nuestra rebeldía y reto de lucha, a una sociedad caduca, inhumana e injusta que jamás podría impedir con nuestra muerte, el triunfo de la Revolución Dominicana, (cómo máximo podia solo retrasarla)?...
Cómo podíamos preveerlo, cuando estábamos conscientes de que, de tocarnos la peor parte en el campo de batalla, semejante inmolación y sacrificio nuestro, arrojaría nuevas aportaciones y experiencias de lucha que, trágicas o no, consolidarían el desarrollo de nuestro proceso revolucionario, al sembrar en nuestro Pueblo, la semilla de conciencia y de experiencias necesarias para garantizar todo triunfo revolucionario?...
No podíamos imaginar nuestro fracaso revolucionario porque este era un lujo que, por la situación que caracteriza la existéncia de nuestro Pueblo Oprimido, y por los compromisos ante el adquiridos, Nosotros no nos podíamos nunca permitir, y estábamos firmemente convencidos de que una vez iniciada la lucha (armada), y ponerse al Pueblo dominicano en movimiento, NADIE podría detener el proceso revolucionario, y este produciría en la lucha misma; los hombres capaces de substituir y reemplazar a los compañeros caídos.
No fue entones extraño que el Coronel Caamaño y yo nos despidíeramos al siguiente día, con una seguridad y fé indescriptible en el éxito de nuestros proyecto revolucionarios, y en el triunfo de nuestra justa lucha, y que aquella despedida fuera también; sencilla, honesta y sincera, propia de hombres a quienes únen, la inconmensurable fuerza de ideales patrios, y la lealtad y conciencia de tener que cumplir deberes ineludibles, que nos asignaban la realidad social de un país oprimido, al que hemos estado siempre orgullosos de pertenecer.
Nos despedimos pues, (el Coronel Caamaño y yo), con la fé en el triunfo, y con la seguridad de vernos pronto nuevamente a su regreso a París, (continuando Caamaño con otros compañeros su viaje a España, dónde tomó unas vacaciones al lado de su esposa, María Paula Acevedo de Caamaño (“Chichita”), y de sus hijos; Fancisco, Alberto y Paola, -todos menores de edad-, pasando después por París antes de regresar a Londres, que era la sede de nuestro movimiento revolucionario, -1967-).
Nos despedimos pues, (el Coronel Caamaño y yo), sin saber que una adversidad sin precedentes seguía nuestros pasos y se convertiría también, en nuestro tendón de Aquiles, engendrando tragédias humanas que condenarían el éxito de nuestra lucha, y le transformarían a él cómo máximo líder revolucionario, en un mártir más de la Revolución Latinoamericana y que, lejos de caer yo con él en el campo de batalla:
Me correspondería después tener que cumplir, (como uno de sus mejores lugartenientes y hombres de confianza), el difícil deber de salvar para la História; los orígenes y las causas de nuestro fracaso revolucionario, (las verdades y experiencias amargas), para ayudar a evitar así, la repetición de semejantes errores y que éstos vuelvan de nuevo a impedir, la liberación de otro pais oprimido... Encerrando el sacrificio y la muerte de Caamaño, una conciencia y heroismo sin precedentes en la História de nuestros Pueblos:
"Vámonos patria a caminar, yo te acompaño...,
yo bajaré los abismos que me digas,
yo beberé tus cálices amargos,
yo me quedaré ciego para que tengas ojos,
yo me quedaré sin voz para que tú cantes,
yo he de morir para que tu no mueras,
para que emerja tu rostro flameante al horizonte
de cada flor que nazca de mis huesos ...”*
( Poema; “Vámonos Patria a Caminar” de Otto René Castillo, poeta guatemalteco asesinado en 1967).
Y constituyendo también para ese mismo pueblo (dominicano), un golpe e incredulidad amarga que, solo en el verso revolucionario de otro poeta, he podido lograr recoger:
“Díganle a el hombre si lo ven,
que yo lo busco, que lo espero,
que lo estoy soñando,
díganle por favor si alguién lo vé,
que no se tarde, que lo estoy esperando,
aunque otros hayan dicho, que el ha muerto.
Díganle a el hombre que lo busco,
que lo acepto, que lo llamo,
que lo espero, que lo amo,
díganle a el hombre que él no ha muerto,
y aunque sólo, yo muy solo, lo siga amando ...”**
**Poema “Homo Amator”, del poeta revolucionario nicaraguense Rafael René Corhea.
Capítulos tomados del libro de El 666 titulado:
“La Tragédia de una Revolución Inconclusa” –Tomo I- Capítulos XXI a XXVII, páginas 128-166, edición en lengua española de 1976, Editorial “Författares Bokmaskin”, Estocolmo, Suécia.
(Ahora, esta edición especial contiene también; nuevas correcciones hechas en Julio del 2002, por el propio 666 al manuscrito original, para esta publicación electrónica de El 666 en Internet
Y lo que es no menos importante; nunca pensé como fiel lugarteniente del Coronel Caamaño, que me correspondería sobrevivirle y seguir esa lucha, aprendiendo a enterrar y a llorar a mis muertos:
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Cadáver del Coronel Caamaño. (16 de Febrero del año 1973)
Como se puede ver en esta fotografía del cadáver del Coronel Caamaño:
El mismo fué asesinado -entre otras cosas- incluso, con un tiro de gracia en la cabeza.
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Para resucitar y aparecer después como Ave Fenix, y ante todos los pueblos y naciones de la Tierra; cómo El 666 hoy en el mundo, con las ideas necesarias y capaces para poder solucionar todos los problemas político-sociales de la Humanidad y crear un Paraíso en la Tierra, con el Proyecto que lleva mi nombre y el número que lo representa.
Y con la inviolable y sagrada alianza, garantía y promesa incluso del propio Díos en el Universo de que al así yo hacerlo; vendría cómo El 666 al mundo para triunfar, dirigir y salvar a la Humanidad de su propia autodestrucción y derrota, pero nunca para convertirme con el Proyecto 666, (y cómo el Coronel Caamaño y mis demás compañeros muertos); en ningún nuevo mártir más de La Tragédia de una Revolución Inconclusa.